El divino arte de hacer amigos

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La amistad debe estar presente en todas las relaciones humanas: entre padres e hijos, entre esposo y esposa, entre hombres, entre mujeres, y entre hombres y mujeres. La amistad es incondicional. Cuando experimentas el impulso de ofrecer tu amistad a otros, estás en verdad sintiendo la presencia de Dios. La amistad es un impulso divino. Dios no se contenta con cuidar de sus hijos humanos bajo el disfraz de los padres y otros familiares. Él asume también la forma de nuestros amigos, para darnos así la oportunidad de expresar el amor incondicional de nuestro corazón.

A medida que desaparezcan de tu vida los defectos humanos y se desarrollen las cualidades divinas, tendrás más amigos. ¿No fue Jesús acaso un gran amigo de todos, al igual que Buda y Krishna? Para emularlos, debes perfeccionar tu amor al prójimo. Cuando puedas convencer a los demás de tu amistad y cuando estés seguro, mediante las pruebas del tiempo y de las experiencias compartidas, de que una persona realmente te quiere de corazón y tú sientes lo mismo por ella —sin buscar el provecho propio, movidos ambos tan sólo por el divino impulso de la amistad—, podrás ver en esa relación el reflejo de Dios.

Ofrece tu amistad a todos, como lo hace Dios

No limites tu amistad a una sola persona, sino que trata de establecer gradualmente esa relación divina con otras personas que posean nobles ideales. Si cultivas la amistad de quienes son malintencionados cosecharás la desilusión. Comienza por ofrecer tu amistad a quienes son verdaderamente buenos, extiéndela luego a otras en forma progresiva, hasta que llegues a sentir amistad por todos los seres humanos y puedas decir: soy amigo de todos, incluso de mis enemigos.

Jesús sintió amistad por quienes le estaban crucificando, dando así ejemplo, en su severa prueba final, de lo que siempre había enseñado: “… amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien, bendecid a los que os maldicen, rogad por los que os difamen”.

La verdadera amistad es amor divino, puesto que es incondicional, auténtica y duradera. Emerson expresó bellamente este ideal en uno de sus ensayos: el acuerdo supremo que podemos hacer con nuestro prójimo es el siguiente: “¡Que la verdad reine siempre entre nosotros!”. Es algo sublime sentir y poder decir de otra persona: no necesito verle, ni hablarle, ni escribirle, y no necesitamos reforzar nuestra relación, confío en él como en mí mismo, si hizo esto o aquello, sé que obró bien. Con un amigo podemos hablar libremente, sin que existan malentendidos.

Pero la amistad nunca podrá desarrollarse si existe el menor indicio de imposición del uno hacia el otro. La amistad sólo puede construirse sobre la base de la libertad y la igualdad espiritual. Debemos, pues, tratar a todos desde esa divina perspectiva, con la conciencia de que cada individuo es una imagen de Dios. Si tratas mal a alguien nunca podrás ser en verdad su amigo.

Muchas personas transitan por la vida sin amigos. No puedo imaginarme cómo pueden vivir así. Un auténtico amigo rara vez nos malinterpreta o, si esto llega a suceder, no lo hace por mucho tiempo. Si alguien se aprovecha de tu confianza, continúa de todos modos prodigándole amor y comprensión, como desearías que lo hiciera contigo. Y si esa persona persiste en actuar con despecho, golpeando la mano amistosa que le tiendes, es mejor que retires tu mano por algún tiempo.

La amistad universal comienza en el hogar

La amistad debe comenzar en el propio hogar. Si congenias especialmente con algún miembro de tu familia, comienza por cultivar su amistad. Luego, si te sientes atraído hacia alguien conocido que comparte tus ideales, trata de fomentar esa relación. Elimina todo deseo nacido del egoísmo o de la compulsión sexual. Al ofrecer una amistad pura, verás que es Dios quien te guía. Cultiva la amistad de gente buena; cuanto más medites, mayor será tu capacidad para reconocer amistades del pasado. La meditación despierta “dormidos recuerdos de amigos que han de serlo una vez más”. He conocido a muchas personas a quienes había visto anteriormente en visiones; y aquí, en América, he encontrado a muchas de las personas que contemplé en una visión que tuve en el barco que me trajo por primera vez a este país en 1920.

Brindemos nuestro amor a todos. Oremos para poder encontrar a nuestros amigos del pasado y demostrarnos nuestra amistad, de modo que podamos finalmente entender y merecer la amistad de Dios. No nos uniremos con Dios a menos que estemos unidos con todos sus hijos en un espíritu de amistad.

 

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