Paloma Rosado: "La Fraternidad es la llave de la Felicidad"

Paloma

Paloma Rosado es periodista y ha trabajado en revistas como Psycologies, Mía o Tu puedes entre otras, y en el departamento de comunicación de distintas ONGs. Es una entusiasta de los secretos de la mente en armonía, de la investigación psicológica perinatal, el duelo infantil y la cooperación social. Además colabora en talleres de duelo para niños y jóvenes en la Asociación ALAIA.

Basado en los últimos descubrimientos de la neurociencia, La Revolución de la Fraternidad (Ed. Destino) es un ameno libro de divulgación que apuesta por la solidaridad, la fraternidad y un optimismo que la autora nos contagia como vías para alcanzar la felicidad.

P- ¿Es más necesaria que nunca "La Revolución de la Fraternidad" con el panorama actual?

R- Es innegable que la situación es difícil. Todos conocemos a alguien que lo está pasando mal.

Creo que el libro aporta una bocanada de optimismo al abrir el campo de visión, como hacen los fotógrafos con el zoom de su cámara; se tiene una perspectiva más amplia y las cosas se ven de otro modo.

Para desmontar por ejemplo la idea de que todo va mal, hay un estudio de la ONU que dice que entre 1990 y 2005 el número de guerras civiles que llegaron a su fin por un proceso de negociación fue superior a los 200 años anteriores. Y hay un neurocientífico muy listo, llamado Steven Pinker, que es como una superestrella en el mundo de la Neurociencia, que asegura que en 1950 el conflicto armado medio mataba a 33.000 personas, y en 2007 a menos de 1000. Esto no es suficiente para lanzar las campanas al vuelo y decir que todo está bien, pero tampoco podemos caer en lo contrario y decir que todo está mal. Hay cosas que están mal. Esta crisis está dejando mucho dolor. Hay que intentar con empatía, con altruismo, con compasión, desmontar todo el dolor que esta crisis está poniendo en nuestro camino, pero hay cosas en que están yendo a mejor y el ser humano, como especie, en algunos aspectos está dando grandes pasos de avance.

P- En el libro hablas de los experimentos sobre la empatía realizados por la Universidad de Chicago ¿qué demuestran estos experimentos?

Demuestran que los mamíferos tenemos un sentimiento de pertenencia a otros y a la camada, y que ante el sufrimiento de un congénere no podemos permanecer indiferentes. La rata con más libertad hasta que no libera a su compañera de un tubo donde permanece encerrada, no se relaja, no está tranquila, aunque le tienten con chocolate. Los seres humanos funcionamos igual y ahora la Neurociencia, que es la parte interesante donde el libro ahonda, lo está descubriendo.

El ser humano feliz es aquel cuyas acciones están guiadas por el altruismo, la compasión, la empatía, el amor,... Lo que las grandes tradiciones religiosas y la filosofía llevan siglos afirmando, y promoviendo, la Ciencia, las neurociencias, llegan por primera vez a las mismas conclusiones gracias a la introducción de las técnicas de neuroimagen en los laboratorios.

Así vemos pruebas determinantes por ejemplo de lo que pasa en el cerebro de una mujer cuando su pareja sufre una descarga eléctrica. O qué pasa en el cerebro de un hombre si oye unos grito de alguien que parece que está sufriendo. El ser humano para ser feliz simplemente tiene que dar cancha a la fraternidad a través de sus manifestaciones.

P – También nos cuentas los experimentos de Richard Davidson de la Universidad de Wisconsin con meditadores como Matthieu Ricard (el hombre más feliz del mundo)...

R - Algo que he querido destacar en el libro es el importante papel de investigadores valientes que han roto con algunos prejuicios y con inercias sobre aspectos a investigar. Davidson empezaba ya a despuntar como investigador en Harvard cuando dijo que se iba a India a investigar el cerebro de los meditadores y algunos compañeros le comentaron que iba echar a perder una carrera prometedora por ello. El siguió adelante valientemente. Podía haber perdido el prestigio pero consiguió un montón de evidencias, con Matthieu Ricard como exponente máximo, donde se comprueba como la mente de los meditadores con más de 10.000 horas de meditación responden ante situaciones de estrés, de ansiedad,... ¡y les afecta mucho menos! Son capaces de mantener un bienestar estable y regular, que podemos definir como la gran felicidad. También los meditadores con sólo 3 meses de práctica regular ya pueden notar los efectos sobre todo en la atención.

O también está el caso del académico, Éric-Emmanuel Schmitt, autor de "Ibrahim y las Flores del Corán", uno de los autores más leídos en Francia y en Bélgica. Cuando le entrevisté hace años me contó una experiencia, que me puso la piel de gallina. Él era profesor de filosofía en la Universidad de la Sorbona, y decía: "he sido educado en el "Dios ha muerto", soy ateo y a mis alumnos les doy unas clases de filosofía como yo las he recibido". Con veintiocho años tuvo una experiencia mística en el desierto del Sáhara. Me dijo: "entré siendo ateo y salí creyendo en Dios". Estuvo perdido unas 23 horas. No entro en detalles de lo que allí sucedió pero él tuvo una experiencia de que existe algo superior, él lo llama Dios. Cuando le sucedió esto estuvo mucho tiempo sin hablar de ello por temor a la crítica de sus compañeros, y cuando finalmente lo hizo, efectivamente le criticaron. Incluso uno de los críticos literarios de Le Monde que anteriormente le había elogiado, le criticó y dijo que había perdido el norte. Hay que ser valiente para tener un prestigio, estatus, y reconocimiento y tener interés en temas nuevos donde la ciencia no ha empezado a tener una postura oficial.

P - Libertad, Igualdad, Fraternidad,... el lema de la Revolución Francesa ¿Se ha perdido por el progreso y la competitividad?

R - Desde ese grito de inicio de la Revolución Francesa han pasado ya 224 años y se han hecho experimentos entorno a la Libertad, la Democracia y la Igualdad. Pero la Fraternidad nunca ha sido tomada de la mano de los poderosos para ser llevada a cabo. Sí es un valor que pertenece a determinados círculos espirituales o religiosos, pero en nuestra época nunca ha tenido un valor ilustrado como la Libertad o la Igualdad.

Para mi, lo interesante es que la Ciencia la recupera, la saca de ese anonimato y la eleva al máximo nivel, como la llave de nuestra felicidad, no por ser buenos, sino porque los seres humanos funcionamos ante determinados estímulos y esos estímulos nos producen bienestar.

Practicar la fraternidad no significa no tener problemas y la revolución de la fraternidad traerá conflicto. Pero la resolución del conflicto tiene que venir, de forma ideal, partiendo del reconocimiento del propio rango que cada uno tiene en el papel que ocupa en la sociedad. No todos tenemos los mismos rangos. Y muy a menudo somos muy conscientes del rango que no tenemos y somos invisibles al poder que si tenemos.

Estudiosos como Milded y otros dan información sobre cómo en nuestra sociedad occidental no tiene el mismo poder, el mismo rango, un hombre blanco, heterosexual, apuesto, profesor de universidad, felizmente casado con 2 hijos y que vive en un barrio acomodado que un hombre inmigrante latinoamericano, de piel oscura, transexual y que tiene unos estudios básicos no acabados. Sin embargo son dos seres humanos iguales. En un conflicto podemos intuir quien tiene más posibilidades de salir vencedor. Lo importante es apostar por el ganar-ganar. Todos tenemos que ganar. No puede haber perdedores ni ganadores. Lo importante es practicar y, si es posible, desde las edades más tempranas, educar, en la práctica de esos valores. El mundo puede cambiar y ademas... ¡Nos hace felices! ¿Y quien no quiere tener un hijo feliz?

P – Según la Ciencia estamos determinados biológicamente hacia la empatía pero ¿también se puede aprender?

Hay quien habla que en la felicidad el 50% tiene relación con la herencia, el 10% son las circunstancias vitales y el otro 40% lo decidimos nosotros. La empatía forma parte de nuestra naturaleza, pero no sabemos en qué porcentaje. Y también estan los tests de empatía que evidencian que las mujeres siempre puntúan más alto, como si tuviéramos mayor facilidad para ello.

Podemos educar en empatía y en todas las emociones. En España la Educación Emocional todavía no ha entrado en las escuelas. En Reino Unido llevan 10 años trabajando en las escuelas la educación emocional que es fundamental para el bienestar y para tener una gestión de tu vida cognitiva más acertada.

En España vamos muy lentamente en este campo. Hay experiencias en determinados centros pero no a nivel oficial. El tema del lenguaje emocional, el aprender a identificar, nombrar y gestionar las emociones no se hace en las escuelas y depende de cada familia.

Hay experiencias interesantes como por ejemplo en Toronto, Canadá. El programa llamado Raíces de Empatía, y ya forma parte de muchas escuelas gubernamentales: consiste en que un bebé se convierte en el maestro de los niños. Al ver interaccionar al bebé con el adulto los niños aprenden a identificar, nombrar y ven como el bebé gestiona las emociones. Del bebé pasan a ellos mismos, y empiezan a hablar de sus emociones, y luego pasan a reconocer eso en sus compañeros. Es un modo de dar espacio y recursos a una realidad que nos afecta muchísimo en el desarrollo de nuestra vida. La empatía también se puede aprender. El 78% de los niños de este programa aumentó la conducta de ayuda. Eduardo y Elsa Punset tienen un programa muy interesante de Formación de Formadores de Educación Emocional.

P - ¿ Y cómo lo hacemos en familia?

Lo ideal sería que el hogar sea el espacio de ensayo en el que el niño aprenda aquellas actitudes y aquellas respuestas emocionales y cognitivas que son adecuadas y aquellas que no lo son. Lo ideal es que los padres tengan unas habilidades ya desarrolladas y que le pudiéramos explicar al niño que un conflicto no lo resolvemos pegando patadas o insultando, sino negociando, exponiendo cada uno sus criterios, impulsando un pensamiento que ayuda a ver los puntos de vista del otro. Lo ideal es que la familia fuera el espacio de ensayo de estas habilidades.

Incluso se autoriza la agresividad, porque la agresividad existe en el ser humano. Cuando la frustración es muy grande existe un sentimiento de agresividad y al niño se le puede enseñar a darle salida, no dando patadas a una puerta, sino cogiendo periódicos viejos y rompiéndolos, o retorciendo botellas de plástico. Dirigimos hacia ahí algo que sentimos, una emoción, que forma parte de nuestra naturaleza, pero sin agredir a nadie.

Nosotros sabemos ahora que un niño de 5 años es capaz de ponerse en el lugar de otro. E incluso según algunos estudios dicen que niños de 18 meses ya muestran rasgos de empatía y de altruismo: por ejemplo, a un desconocido se le cae algo y el niño se toma la molestia de dejar de jugar agacharse y dárselo.

P – ¿Qué papel tiennen los medios audiovisuales y digitales?

Hay una mala información y un mal uso de los medios audiovisuales para el entretenimiento de los niños e incluso para educarles. Se pensaba que algunas marcas de DVDs hacían más inteligentes a los bebés. Hoy sabemos que no, que lo que le hace más inteligente al niño es interactuar cara a cara con otro ser humano. Si quieres tener un hijo inteligente háblale mucho y muy a menudo. Un niño expuesto a un mayor número de palabras, luego tiene más habilidades y más capacidad para expresarse.

Según la Asociación Americana de Psicología no es conveniente exponer a los niños menores de 36 meses a los medios audiovisuales, a programas de dibujos animados, IPods, tablets,... Puntualmente puede pasar y no sucede nada. Pero no es un buen recurso educativo.

Yo hice un Postgrado muy interesante de Psicopatología del Niño y el Adolescente en la Universidad, y recuerdo que un profesor lo primero que nos dijo es "quien tiene el mando tiene el poder". Los niños necesitan para sentirse seguros, ser dirigidos. Necesitan que sean los padres los que tomen las decisiones que ellos no tienen la madurez ni cognitiva, ni emocional, para tomar. Los niños no pueden tomar decisiones sobre qué programa ver o cuánto rato ver.

Los padres nos tenemos que tomar la molestia de poner unas reglas claras. Ser padre tiene una parte de aprendizaje también. Tengo que pensar en qué necesita el niño, y el niño necesita normas, necesita límites. Le podemos preguntar pero la decisión la toma el adulto y eso al niño le da seguridad.

Los niños aprenden a utilizar su tiempo de ocio en función de los recursos que tienen. Se lee, se juega con el perro, se investigan trabajos manuales, se toca la guitarra...Y aburrirse es bueno, porque ayuda a que la creatividad salga a flote.

P - Otro estudio asombroso que mencionas es el del médico psicosomático italiano Jader Toldja...

R - Cuando le hice una entrevista me dijo que según sus investigaciones cuando el ser humano tiene información que le invita a movilizarse o a cambiar y no cambia, eso produce trastornos, enfermedades o problemas.

La vida es cambio y nosotros queremos que permanezca, queremos controlar, dirigir. Es bueno y nos hace bien dirigir nuestra vida, pero en ocasiones no es posible y uno se tiene que adaptar a lo que viene, a lo que sucede. Al ser humano no le sienta bien estar impasible ni ante la injusticia, ni ante la indignidad. Esta pasividad le hace enfermedad, necesita actuar aunque a veces se ponga en riesgo su prestigio o incluso su vida. El ser humano está llamado a actuar y a buscar cambiar aquello que a otros les genera sufrimiento.

P – En el libro das una serie de pautas prácticas para aplicar la fraternidad en nuestra vida diaria, familia, pareja,... ¿Nos dejas alguna?

R - Yo recomendaría por ejemplo que el tiempo de ocio cada vez sea más colectivista, relacional y no tanto de actividades individualista, que nos cierran al contacto con los demás, al que somos tan aficionados en la sociedad occidental.

Y también que tengamos en cuenta como cambia nuestra vida al tener conciencia de nuestra mortalidad. Vivimos como si fuéramos inmortales. Hay una frase del profesor de la facultad de Magisterio, Agustín de la Herranz que dice: "Una sociedad que vive de espaldas a la muerte no puede valorar la vida."

Tener una conciencia de nuestra mortalidad cambiaría la esencia de nuestra existencia, porque tendríamos una vida más consciente, con selecciones más acertadas, con un mayor aprovechamiento de lo que nos sucede y no nos enredaríamos en aquello que no merece la pena.

Un estudio de una enfermera australiana dice que las 5 cosas de las que más se arrepienten las personas moribundas son: No haber hecho con su vida lo que le daba la gana por miedo a lo que pensaran los demás. No haber buscado más su felicidad. No haber buscado a los viejos amigos. Haber dedicado tanto tiempo al trabajo y también se arrepentían de no haber expresado más sus afectos: no haber dicho más te quiero, estoy a gusto a tu lado, me siento contento contigo...

Mucho para reflexionar.

Paloma, gracias en nombre de los lectores de Espacio Humano.«

Cristina García Castro

Fotografia: Miguel G. Castro